Los miércoles de Videoclub del Mirador en Cinéfilo La Rueda Bar se nutren para la próxima función, el 16 del corriente, del cine del realizador finlandés Aki Kaurismäki, un cine que podría definirse como seco y despojado, a veces más desolador, otras más optimista. En el caso que nos ocupa, se trata de la película "La chica de la fábrica de fósforos", una suerte de trágica parodia que retrata la gris y monocorde existencia de Iris, la muchacha del título.
Los esperamos el próximo miércoles 16/04, a las 21 horas, en Cinéfilo Bar (Bv. San Juan 1020).
La chica de la fábrica de fósforos
(Tulitikkutehtaan tyttö; Finlandia/ Suecia, 1990, 65 minutos)
Dirección: Aki Kaurismäki.
Con Kati Outinen, Elina Salo.
Tercer capítulo de lo que se ha denominado la "Trilogía proletaria" de Aki, integrada también por Sombras del Paraíso y Ariel. Una suerte de neorrealismo muy estilizado, como si la preocupación social del cine de De Sica fuera filtrada por el ascetismo de Robert Bresson.
"Decidí rodar un film que hiciera parecer a Bresson un director de películas de acción épicas. A esa chatarra la llamé La muchacha de la fábrica de fósforos, un título suficientemente largo como para que se olvidara enseguida" (A. K.).
Comentario:
Aki Kaurismaki indaga y observa el lado menos conocido de una Finlandia que aparece, en todos lados, como el país donde mejor se vive. Los olvidados del "milagro finlandés" son los personajes de las películas de este director. Las películas de Kaurismaki están teñidas, casi en su mayoría, de un humor muy fino y melancólico: las dificultades que tienen sus personajes para vivir bien son observadas por Kaurismaki buscando generar gracia en el espectador. El director sabe reírse de lo cotidiano, de aquello que en teoría no debería cuasar gracia. Son los pequeños detalles, esas muy pequeñas cosas que los personajes hace para sobrevivir, la base del humor en el cine del finlandés.
Su estilo es claramente reconocible: la cámara se dedica a observar a los personajes hacer las cosas que hacen todos los días. No importan tanto los pensamientos ni las motivaciones: Kaurismaki busca captar las pequeñas acciones, los pequeños detalles, y lo hace manteniendo su cámara distante, lo que permite captura la acción. El trabajo con los actores, cuyos
rostros siempre permanecen impávidos, sin el menor signo de crispación, ayuda a crear un cine en el cual importa el acto y el hecho mismo más que la motivación, la razón por la cual se hace.
La chica de la fábrica de fósforos tiene mucho de lo que hemos descrito anteriormente. La película, realizada en el año 1990, nos cuenta la historia de Iris, una joven que trabaja en una fábrica de fósforos y cuyo mayor sueño es encontrar un poco de amor, un amor que no se le es dado en su casa. En esa búsqueda, ella entrará paulatinamente en un serio proceso de rechazo y de dolor, lo que terminará trayendo trágicas consecuencias tanto para ella como para los que la rodean.
Así vista, la película tiene todos los tópicos de la tragedia: una heroína a la cual las desgracias terminarán por ir acumulándose hasta llegar a un punto en el cual no hay posibilidad de retorno. Y efectivamente, esta quizá sea una de las películas de Kaurismaki en las cuales el humor esté menos presente. Lo que resulta apasionante es como Kaurismaki toma elementos de la tragedia clásica y los hace propios, haciendo que estos encajen con su estilo para nada crispado.
El ritmo que la película impone busca describir la vida de Iris, una vida que se define a partir de su trabajo en una fábrica de fósforos, pasando por su casa, donde debe realizar las labores domésticas, y terminando en la discoteca, donde busca un hombre que la haga feliz. Kaurismaki observa cada uno de estas secuencias, observando de forma distante las acciones de todos los días. Hay algo mecánico, que parece venir casi naturalmente: la vida de Iris tiene una mecánica muy clara que la cámara del finlandés retrata, a partir de su distancia, pero también a partir de un ritmo que se basa en la repetición de detalles, de situaciones, de pequeños momentos que van configurando toda una cotidianidad que es registrada por Kaurismaki siempre con distancia, retratándola. El cocinar, el tomarse una cerveza, el planchar, se convierten en actos que parecieran tener el mismo valor. Los colores grises y tristes colaboran a crear este ambiente opresivo, donde la felicidad parece no ser posible.
Si una de las características de Kaurismaki es el humor que suele impregnar en sus películas. En La chica de la fábrica de fósforos, el humor no es el elemento principal. Por el contrario, el registro que Kaurismaki hace da cuenta de una vida muy gris y difícil. Lo interesante es que Kaurismaki adapta la noción de tragedia, en la cual el destino (algo más fuerte que nosotros) juega el rol principal, a una visión mucho más propia: aquí la tragedia se reduce a lo meramente cotidiano, a la repetición de los mismos actos de todos los días.
De esta manera, lo trágico se transforma en un evento más, en una especie de ritual que responde a lo cotidiano de la vida de Iris. La presencia de la magnífica Kati Outinen, con su rostro siempre serio y parco, que jamás se crispa, ayuda a hacer más natural esa entrada de lo trágico en lo cotidiano. Esa es la Finlandia que nos presenta Aki Kaurismaki.
Rodrigo Bedoya